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El archivador de correos llegรณ a mi taller un martes de lluvia intensa. Era una pieza maciza de nogal, oscurecida por el tiempo, el hollรญn de las estufas de carbรณn y el desgaste de cientos de manos que ya no existen. Lo habรญan rescatado del sรณtano de una vieja oficina postal en un pueblo de montaรฑa que quedรณ abandonado tras la construcciรณn de un embalse. Al raspar la primera capa de suciedad, el olor a madera hรบmeda y cera de abejas llenรณ el espacio. El mueble tenรญa treinta cajones pequeรฑos, alineados en tres filas perfectas. Todos estaban cerrados con llave. Me llevรณ casi toda la tarde fabricar una ganzรบa lo suficientemente fina como para forzar las cerraduras de latรณn sin daรฑar la estructura. Pensรฉ que encontrarรญa cartas traspapeladas, formularios de aduanas o tal vez algรบn diario รญntimo olvidado. En su lugar, el primer cajรณn albergaba รบnicamente un pequeรฑo bloque de cera de vela, amarillento y de bordes desgastados. Al sostenerlo, un olor nรญtido a tierra mojada y hojas en descomposi...