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  La Mulberry Woman no siempre fue solo sombra y misterio. Naciรณ en Hawรกi, en una รฉpoca en que las islas todavรญa conservaban su corazรณn salvaje, donde la selva era un laberinto de verdes imposibles y los rรญos guardaban secretos milenarios. Se dice que fue una mujer del pueblo, sencilla y amable, que vivรญa cerca de los caminos de morera, entre frutas dulces y hojas que crujรญan bajo los pies. Su nombre se ha perdido, borrado por el tiempo y el miedo. Era conocida por su bondad, pero tambiรฉn por su curiosidad: recogรญa hierbas, escuchaba los consejos de los ancianos, y a veces conversaba con voces que otros no podรญan oรญr. La curiosidad la llevรณ demasiado lejos. Entrรณ en bosques prohibidos, siguiรณ caminos antiguos marcados por espรญritus, y se encontrรณ con fuerzas que ningรบn mortal debรญa tocar. Algunos dicen que tratรณ de aprender los secretos de la naturaleza, otros que invocรณ espรญritus para ayudar a los suyos, pero la magia la corrompiรณ. Un dรญa desapareciรณ, y nunca volviรณ. Los anciano...

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Nacรญ en 1875, en Royal Leamington Spa, hijo de Edward Crowley, fabricante de cerveza y devoto cristiano hasta la mรฉdula, y de Emily Bertha Bishop, tierna en apariencia, vigilante en el fondo. Crecรญ en una casa donde Dios lo veรญa todo y el placer era una falta grave. Mi padre muriรณ cuando yo tenรญa once aรฑos y con รฉl se fue cualquier idea amable del mundo. No heredรฉ solo una fortuna considerable, heredรฉ una soledad rรญgida, una fe impuesta sin consuelo y una infancia saturada de reglas, sermones y miedo. Me criaron familiares piadosos que confundรญan virtud con represiรณn. Aprendรญ pronto a callar, a leer a escondidas y a sospechar de toda verdad que exigiera obediencia ciega. Ahรญ naciรณ mi rechazo. Ahรญ empezรณ mi hambre. Desde niรฑo supe que la vida comรบn me quedaba estrecha como un traje ajeno. Busquรฉ lo prohibido por instinto: sรญmbolos, lenguas muertas, textos antiguos, todo aquello que la moral cristiana seรฑalaba como peligro. La curiosidad fue mi primer sacramento....

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El Tokoloshe, o Tikoloshe, pertenece al folclore de varios pueblos del รfrica austral, especialmente los zulรบes y los xhosa, un pueblo indรญgena de Sudรกfrica con lengua, rituales y creencias propias. No es un mito para niรฑos ni una historia inventada; forma parte del miedo cotidiano, ese miedo que se susurra al caer la noche y cuando las sombras de las chozas parecen moverse solas. Decir su nombre no es inocente, porque hay palabras que llaman y pueden traer lo que no deberรญa ser llamado. En estas comunidades, el Tokoloshe no es una presencia amable. Es un espรญritu malรฉvolo, creado por chamanes o sangomas a partir de restos humanos. Se habla de cadรกveres profanados, de ojos arrancados, lenguas cortadas y un hierro al rojo vivo insertado en la cabeza para “abrir el camino” a la magia. Luego vienen los polvos y rituales que lo animan, y a veces el sacrificio de un familiar es necesario. Una vez despierto, el Tokoloshe obedece y nunca con compasiรณn. Su misiรณn es hacer daรฑo, traer enfermed...

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  Me llamo Matthew Hopkins. Nadie me nombrรณ. Nadie me coronรณ. Pero aprendรญ pronto que el miedo no necesita permisos. Nacรญ en una Inglaterra cansada, con la tierra agrietada por la guerra civil y las almas aรบn mรกs rotas que los caminos. Cuando el orden se tambalea, la gente busca culpables. Y yo supe seรฑalarlos. No llevaba uniforme, ni sello real, ni autoridad escrita. Me bastaba con una voz firme y una promesa sencilla: yo os librarรฉ del mal . Asรญ empezรณ todo. Llegaba a los pueblos como llegan las pestes: sin anunciarme, con la certeza de que alguien iba a caer. Miraba a las mujeres primero. Siempre a las mujeres. Las solas, las pobres, las que sabรญan demasiado de hierbas, las que hablaban poco o demasiado. Dormir era un privilegio que yo podรญa quitar. Las mantenรญa despiertas noches enteras, hasta que el cansancio abrรญa grietas en la mente y por esas grietas entraba la confesiรณn. No hacรญa falta tortura, solo insistencia, solo repetir una pregunta hast...

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Cuenta la leyenda que el Hombre del Sombrero naciรณ hace siglos, no como hombre, sino como sombra de las decisiones olvidadas . Aquellos que murieron con secretos sin confesar, con promesas rotas o con culpas demasiado grandes, dejaron un rastro en la frontera entre lo real y lo intangible. De ese rastro surgiรณ รฉl: una figura alta y delgada, siempre cubierta por un sombrero de ala ancha, rostro oculto, como queriendo ocultar la vergรผenza y el remordimiento que alguna vez llevรณ consigo. Se dice que se alimenta del miedo y la curiosidad de los vivos, pero no de todos. Solo aquellos que miran hacia adentro demasiado tarde , los que sienten la culpa de algo que no se atrevieron a enfrentar, los que llevan secretos que pesan como piedras invisibles. El Hombre del Sombrero no viene a castigar. Su apariciรณn es una advertencia, un espejo que refleja lo que evitamos: nuestras decisiones, nuestros miedos, nuestras sombras. Quienes lo ven, dicen los ancianos del pueblo, pueden elegir enfrentarlo...

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  Nacรญ en Cantรณn, bajo el ruido del rรญo, en un mundo donde la vida se compraba y se vendรญa, donde la astucia valรญa mรกs que la fuerza, y la belleza era arma y escudo a la vez. Me llamaban Shih Yang , me llamaban Cheng I Sao , dos nombres para una sola mujer que aprendiรณ pronto que la supervivencia no pide permiso. Trabajรฉ en un burdel flotante, observando, aprendiendo, soรฑando con un lugar donde mis decisiones fueran mรญas. Y entonces vino รฉl, Zheng Yi, pirata temido, seรฑor de los mares del sur, y entre sus hombres y barcos yo vi una oportunidad. Aceptรฉ su mano, pero con mi propio precio: el cincuenta por ciento del botรญn, el mando compartido. Nunca fui sumisa, nunca lo serรญa. La muerte de Zheng Yi llegรณ entre sombras y rumores, y la flota, grande y poderosa, necesitaba liderazgo. Yo subรญ a cubierta, con dragones bordados sobre seda roja, y les hablรฉ sin miedo: “¿Creรฉis que me rendirรฉ ante un hombre? Jamรกs.” Asรญ empezรณ mi leyenda, de prostituta a reina pirata, de s...

๐Ÿ•ท️๐‘ณ๐’‚ ๐‘ต๐’Š๐’̃๐’‚ ๐‘ช๐’‚๐’Ž๐’†๐’๐’๐’: ๐’๐’๐’” ๐’‘๐’‚๐’”๐’๐’” ๐’’๐’–๐’† ๐’๐’–๐’๐’„๐’‚ ๐’„๐’†๐’”๐’‚๐’๐Ÿ•ท️

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Melissa Harper creciรณ escuchando cรณmo la gente murmuraba su nombre como si fuera una advertencia. Sus piernas, torcidas desde el nacimiento, nunca la sostuvieron. Aprendiรณ a moverse sobre manos y rodillas, y lo hacรญa con una velocidad que no parecรญa natural. Su cuerpo avanzaba como si hubiera nacido para arrastrarse, como si el suelo fuera su territorio. En el pueblo, nadie sabรญa cรณmo tratarla. Los niรฑos se escondรญan detrรกs de las puertas cuando la veรญan pasar, y los adultos fingรญan compasiรณn mientras evitaban mirarla a los ojos. Pero Melissa lo notaba todo: la incomodidad, el miedo, la repulsiรณn. Y lo peor era que, en el fondo, ella tambiรฉn sentรญa que habรญa algo extraรฑo en su forma de moverse. Algo que no pertenecรญa del todo a ella. Cuando el circo la reclutรณ a los trece aรฑos, creyรณ que por fin tendrรญa un lugar. Allรญ no era un monstruo: era un espectรกculo. La llamaron “La Niรฑa Camello”, y la gente pagaba por verla avanzar a cuatro patas por la tarima. Pero pronto descubriรณ que la carp...

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    Me llamo Luis Carlos de Francia , nacรญ un 27 de marzo de 1785 en los salones dorados de Versalles, hijo de Luis XVI y Marรญa Antonieta , pequeรฑo heredero de un reino que jamรกs lleguรฉ a tocar. Mi hermano mayor, Luis Josรฉ, se fue primero, dejรกndome la corona invisible sobre mi cabeza cuando apenas entendรญa quรฉ era la palabra “delfรญn”. El destino me convirtiรณ en heredero al trono francรฉs y en prisionero de un mundo que ya no me pertenecรญa. Recuerdo los jardines de Versalles, el aroma a flores y a cera, las risas lejanas de sirvientes y amigos, los cuentos al borde del fuego, y los abrazos de mi madre que parecรญan detener el tiempo. Pero llegรณ la Revoluciรณn. La alegrรญa se transformรณ en murmullo de miedo, el oro en cadenas invisibles, el palacio en jaula. Tras la fallida huida de mi familia en 1791, me encerraron en la Torre del Temple, junto a mis padres, mientras las sombras de la historia se cerraban sobre nosotros. Yo era el Delfรญn, el Luis XVII que todos p...

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Llegรณ al vecindario sin hacer ruido, como si el mundo se hubiera detenido para permitirle cruzar la calle sin que nadie lo notara. Su llegada fue silenciosa, pero su presencia se sintiรณ de inmediato: las hojas caรญdas se arremolinaban a su paso, los gatos se escondรญan bajo los coches y un escalofrรญo invisible recorrรญa cada casa. Nadie conocรญa su nombre, nadie sabรญa quiรฉn era, y sin embargo todos sentรญan que sus ojos oscuros y profundos los observaban, incluso cuando no podรญa verse nada. La casa al final de la calle parecรญa abandonada, con sus paredes desconchadas y la madera crujiente de las ventanas. Pero por la noche, detrรกs de sus cortinas, una luz roja parpadeaba como el latido de un corazรณn que nadie podรญa tocar. La niebla que la rodeaba no era natural; se movรญa con voluntad propia, se arremolinaba, se colaba por las rendijas de las puertas y ventanas, abrazando la casa como un guardiรกn silencioso. Nadie se atrevรญa a acercarse, y los pocos que lo hicieron, volvieron cambiados, tem...

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  Nacรญ en Coimbra, hijo de Alfonso IV, en palacios frรญos, donde la corona dictaba la vida antes que el corazรณn. Conocรญ a Inรฉs de Castro, dama gallega de mi esposa Constanza, y me enamorรฉ sin medida, con la certeza de que cada instante podรญa ser el รบltimo. Tras la muerte de Constanza, mi amor por Inรฉs no cediรณ. Tuvimos tres hijos, pequeรฑos refugios en un mundo que nos rechazaba. Los nobles temieron a los Castro, temieron que mis hijos heredaran, temieron que el corazรณn venciera al reino. Sus susurros y miradas de desconfianza me siguieron dรญa tras dรญa. Hasta que la tragedia llegรณ: en 1355, por orden de mi padre, Inรฉs fue asesinada en la Quinta das Lรกgrimas. Mi furia me llevรณ al borde de la rebeliรณn, pero la intervenciรณn de mi madre evitรณ la guerra civil. Cuando en 1357 ascendรญ al trono, busquรฉ venganza. Los responsables fueron capturados, y pagaron con la vida de forma cruel: el corazรณn arrancado, la sangre de sus actos recordada para siempre. Pero la veng...